Hay una verdad que me encanta de La Latina y es que, en su trazado, son muchas las plazas que nos vamos topando, casi sin quererlo. Tantas que unas se funden con otras sin que llegamos a saber muy bien donde conviven sus fronteras. El lugar donde mejor se atestigua esto es en el entorno de la agraciada Iglesia de San Andrés. A sus pies habitan varios espacios como la Plaza de los Carros, la de San Andrés o la de la Puerta de Moros sin que sepamos muy bien, donde termina una y empieza su vecina.  Una certeza que, en esta ocasión, nos hace viajar hasta 1933.

Mucho antes de que La Latina fuese un entorno turístico era un barrio sencillo y diáfano, que no era consciente de sus posibilidades y privilegios. Toda esta zona no era un lugar al que ir a pasear como buen museo urbano que hoy es, sino que era una barriada humilde y sin grandes pretensiones.

Viendo la fotografía de hoy, de Diego González Ragel, entendemos a la perfección el porqué del nombre de la Plaza de los Carros. Ya sabéis lo que dicen, una imagen vale más que mil palabras. Este lugar se convertía constantemente en un aparcamiento para carruajes y carromatos que venían a descargar hasta aquí diferentes mercancías que, al poco rato, se podía adquirir, por ejemplo, en el cercano Mercado de la Cebada. Arrieros, comerciantes y hombres de campo tenían en este punto su primera toma de contacto con Madrid. Descargaban, hacían negocio y, lo más afortunados, hacían noche en la Cava Baja, en cualquiera de sus muchas posadas y fondas.

Esta plaza durante una temporada se llamó Plaza de Aguirre y Plaza de Julio Romero de Torres, como ya os comenté en este post, pero en 1964 recuperó su denominación original. La que vemos, gracias a esta amable foto, que se ganó a pulso con el paso de las décadas.

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