Costanilla de San Andrés en 1920, MadridCon aires de ciudad fantasma, Madrid se nos muestra silenciosa y vestida entre brumas en esta captura que nos invita a retroceder casi un siglo en el tiempo. La Costanilla de San Andrés nos muestra un camino pedregoso que nos lleva a mi entorno favorito de la ciudad. Seguramente porque su aspecto actual no dista demasiado del que se observa en la foto.

El entorno que se adivina en la instantánea tiene mucho que ofrecer hoy al visitante, a mano derecha, a través de un callejón, alcanzaríamos la tranquila Plaza del Alamillo, de frente intuimos la insólita Capilla del Obispo, sobre la que se erige la cúpula de la Iglesia de San Andrés. Por supuesto no podemos obviar esa explanada histórica y antiguo corazón comercial de la ciudad, la Plaza de la Paja. A mano izquierda ese muro que hace esquina adornado por un farol custodia el coqueto Jardín del Príncipe de Anglona. ¡Cuánta riqueza en tan poco espacio!

La clave de todo este conjunto es que, en la actualidad se muestra a color, los fines de semana con terrazas en la plaza y con algún coche aparcado en la margen derecha de la costanilla, no obstante (y por fortuna) el patrimonio y esencia de este lugar se han sabido mantener intactos. Visitar esta zona huyendo de las horas punta y esquivando el fin de semana es todo un acierto para el que quiera abrazar el alma de esta ciudad. La regresión en el tiempo es inmediata. Sólo su historia y el ansia por descubrir cada uno de sus rincones nos empujan a seguir caminando en lugar de sentarnos y dedicarnos a contemplar una postal infinita.

Esta foto, tomada en la década de los años veinte, tampoco voy a decir que produzca miedo pero sí que es cierto que nos siembra cierta sensación de intranquilidad. Las desnudas ramas de los árboles, la niebla que nos impide ver con claridad y la casi ausencia de vida son elementos que  dan a la instantánea un toque fantasmagórico. Y es que, aunque nos cueste creerlo, hubo un buen tiempo en el que Madrid fue en muchos momentos así, una ciudad desierta de emociones y cuya vida cambió apresuradamente con el paso de los años.

Hoy el silencio y la tranquilidad son un bien preciado y escaso. Hace no mucho, era la tónica que envolvía a la ciudad.

ostanilla de San Andrés, en 1920, Madrid

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