La Carrera de San Jerónimo desprende un punzante fragor a elegancia que se conserva con el paso de los años. Quizás sea por su original nomenclatura o puede que por sus llamativos horizontes, con los Jerónimos y la Puerta del Sol, a un lado y otro, de esta vía que pocas veces conoció el silencio. El caso es que recorrerla, en vivo o mentalmente, siempre estimula y atenúa el gusto por Madrid.

Caminar por ella es mirar alegre su patrimonio, sus edificios, las pistas que nos marcan el sendero detrás de los cuales se esconden notables secretos, como que la primera exhibición cinematográfica que tuvo lugar en España y que se concedió aquí, en los bajos del desaparecido Hotel Rusia.

Pero la Carrera de San Jerónimo es más que fachadas y adivinanzas, es historia, es un estado de ánimo, hablamos de una calle que empezó a latir en el Siglo XVI cuando en sus primeros tiempos era un mero acceso al Prado. Desde entonces, fue transitada miles de veces por gente de toda condición y de formas variadas. La fotografía de esta semana es tan sólo una pieza del inmenso puzzle que conforma la biografía de esta calle. Una escena en la que ocurren demasiadas cosas, muchos focos a los que dirigir nuestra atención. Ya en el año 1915, Madrid era una ciudad viva e intensa.

En este bonito recuerdo destaca en primer plano una calesa con sus dos elegantes viajeros que podría haber estado cerca de colisionar con varios carruajes que avanzan en dirección contraria, en lo que parece, van cerrando algún tipo de desfile o comitiva. Las aceras no le van a la zaga ya que son muchos los transeúntes que vemos desfilar por ellas. Aquellos toldos, ese pavimento húmedo, una escena que por momentos parece cobrar vida y ponerse en movimiento. Era el mes de junio de hace 101 años y Madrid ya añoraba un descanso.

Carrera de San Jerónimo, Madrid

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