Es, gracias a sus más de diez kilómetros, la calle más larga de Madrid y además una de las más ligadas a la Villa. Especialmente notable resultan sus primeros números y manzanas, los que partiendo desde la Puerta del Sol nos ofrecen un desfile de bellas construcciones como la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, el Casino de Madrid o el, actual, Edificio Metrópolis. Precisamente la toma que hoy os propongo resalta esa espectacularidad de la que, todo el que haya caminado los metros iniciales de la Calle Alcalá, se habrá hecho cómplice.

En la fotografía antigua que nos ocupa ahora, tomada en el año 1959, vemos parte de esa pomposidad en una Calle de Alcalá que por aquel entonces se dejaba ver mucho más arbolada y en la que, como dato ‘innovador’ se podían aparcar los coches en sus orillas. En la imagen, por el tema del blanco y negro, se nos pierde la Iglesia de las Calatravas y su fachada rojiza. Del mismo modo que el actual Metrópolis, entonces llamado de la Unión y el Fénix, como deducimos por la escultura que corona su cúpula, ve restada parte de su magia sin los detalles dorados que en nuestros tiempos brillan a todo color.

Me cautiva esta mirada porque, desde este punto de vista, estamos más acostumbrados a dirigir nuestra atención a la siamesa Gran Vía. Por el contrario, en esta ocasión, el fotógrafo supo jugar sus cartas e invertir los papeles. Relegó a la nueva avenida a un segundo plano centrando todo nuestro interés en esa Calle de Alcalá que sonríe, sabiéndose vencedora, en esta batalla visual. Estamos, sin duda, ante otro hermoso retrato de Madrid, elegante y de aires clásicos. Viendo lo que ya siempre vimos pero de una forma distinta, con una ligera brisa de novedad. Una leve corriente que, ahora que empiezan los calores en la ciudad, se agradece más que nunca.

Calle Alcalá, Madrid

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