En 1928 al proyecto de la hoy Gran Vía todavía le quedaban por delante años de trabajos y zozobras pero ya Madrid y sus habitantes no podían ocultar su sonrisa al pasear por una calle que, por fin, colmaba las aspiraciones de la capital. Era un sueño hecho realidad, un proyecto que había venido para quedarse. Una realidad que cambiaría, para siempre, el signo de la Villa y Corte.

Por aquel entonces, el primer tramo, que se inicia en la confluencia con la Calle de Alcalá, ya presumía de algunas de las fachadas más elegantes de Madrid. El segundo, el que hoy miramos con cariño y estima, ya lanzaba al mundo sus primeros latidos y barrullos. Todavía le faltaba la guinda del pastel, el Edificio Telefónica, el primer rascacielos de la ciudad, la mole que haría que los ojos de todos los madrileños, y buena parte del continente, tornara sus ojos a esta calle que haría tanto por la imagen de la urbe. Ya se percibe en este nítido recuerdo el espíritu comercial que hoy, tanto define a estas dos aceras. Las tiendas más exquisitas se instalaron aquí, del mismo modo que hoy, franquicias de ecos internacionales se depositan en este lugar.

Al horizonte vemos una Gran Vía todavía por hornea, donde ahora se levanta otro de los iconos de Madrid, el Edificio Carrión con su incandescente neón de Schweppes. El glamour y los buenos propósitos pronto se vieron quebrados a base de estruendos y proyectiles. La Guerra Civil fragmentó durante unos años el prometedor futuro de la Gran Vía pero no pudo con ella. Al tiempo recobraría sus ilusiones, su presente y su vital día a día.

Se modificó su asfalto, las modas le fueron dando otro aire a sus comercios ¡y qué hablar de la metamorfosis de sus paseantes! Pero ella, siguió y seguirá, fiel a sus genes y a su forma de ser. Contra eso, no hay años ni décadas que puedan hacerla dudar.

                           Gran Vía, 1928. Madrid

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