Hace tiempo vi una película muy recomendable llamada ‘Lugares Comunes’. Aquel título he de reconocer que me enamoró por completo y muy pronto lo hice mío. Pronto abrí en mi escritorio mental una carpetita llamada así y en ella fui archivando toda esa colección de rincones y lugares que, por una razón u otra, despiertan en mi un vínculo sentimental demasiado fuerte.

Intuyo que todos tenemos una serie de espacios que levantan en nosotros recuerdos y añoranzas. Confieso que la Glorieta de Quevedo en Chamberí es uno de ellos. Muy cerquita de esta lugar, en el número 12 de la Calle Bravo Murillo pasé muchísimas horas de la que fue mi primera etapa en Madrid, entre los años 2008 y 2012. Muchas veces cruzando la mirada con el pétreo Quevedo que se alza en este lugar, horas invertidas en la desaparecida tienda del Vips, idas y venidas que fueron dejando en mi un afecto casi literario por este círculo urbano.

A mí me tocó conocer la faceta más señorial y pujante de esta escenario, por eso me impactó mucho encontrarla así, con este aspecto casi ruinoso que data del año 1930. Entonces, la rotonda se encontrada en plenos trabajos para la instalación del Monumento de los Héroes al 2 de Mayo, el mismo que en la actualidad se ubica en la Plaza del Dos de Mayo, en el epicentro de Malasaña. Tiempo más tarde llegaría el Quevedo que ahora todo vemos y que, en el momento de la fotografía habitaba en la cercana Plaza de Alonso Martínez.

Es llamativa la diferencia del aspecto de los edificios de la acera de los números impares (lado izquierdo y el de los pares (lado derecho). Estos últimos parecen obedecer más al estatus original de la calle y del barrio mientras que los primeros parecían adelantar el elevado estatus económico que alcanzaría la zona unas décadas más tardes. El presente y el futuro del barrio se fusionaban en esta Glorieta de Quevedo atiborrada de fragmentos de piedra y polvo. No podemos pasar por alto ese cielo con aspecto de tela de araña, producido por el tendido eléctrico del tranvía madrileño.

Desde luego, que poquito queda ahora mismo de todo lo que observamos en la imagen y cuanta nostalgia despierta, al menos en mí, este recuerdo.

Glorieta de Quevedo, en 1930

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