Nervios, ilusiones, deseos, tensión, sonrisas intranquilas. Son demasiados los gestos y sentimientos que afloran entre los más pequeños los días previos a la llegada de los Reyes Magos. Una visita que, durante sus jornadas anteriores siempre nos ha dejado estampas muy similares a la preciosa mirada que hoy nos deleita. Niños pegando sus inocentes rostros sobre los fríos escaparates de las jugueterías, mirando absortos sus grandes anhelos.

Ya comenté en un post anterior que la gran virtud de la Navidad es mantener intacta la magia que envuelve todo cuanto toca. Hoy en día, si con photoshop cambiásemos varios de esos juguetes por unos muñecos de la patrulla canina o una videoconsola, la imagen podría pasar por actual, aunque editada en blanco y negro. Y es que esas ilusionantes caras y esas miradas clavadas en el infinito, no entienden de épocas.

La foto fue tomada en el año 1959 en alguna juguetería de Madrid, es llamativo que parece que ninguno de los niños fue capaz de percatarse en la presencia del fotógrafo que los observaba desde el otro lado del cristal. Ellos estaban mucho más preocupados en repasar mentalmente su carta a los reyes de Oriente, imaginando las muchas horas de diversión que les podían proporcionar cualquiera de esos artículos que tenían a escasos 30 centímetros. Tan cerca y tan lejos.

Lo que no sabremos nunca es cuantos de aquellos sueños se vieron cumplidos, cuantas aquellos semblantes de emoción vieron colmados sus deseos. Una incógnita que se volverá a resolver la bulliciosa mañana del 6 de enero. El cuento de cada Navidad, un fuego llamado magia que nunca se apaga ni apagará.

La ilusión de la Navidad en Madrid

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