En el año 1906 el mundo miró con temor los efectos del terrible terremoto que destruyó parcialmente la ciudad de San Francisco. Ese mismo año, Santiago Ramón y Cajal ganaba el premio Nobel de Medicina y se apagaba para siempre el talento del pintor Paul Cézanne.

En Madrid, las cosas iban cambiando muy rápido, y aún lo harían más en los tiempos venideros. Los más escépticos seguían sin creer que esas obras que abrirían una gran vía en el centro de Madrid, algún día serían reales. También resonaban con fuerza los rumores que aseguraban que más pronto que tarde, la capital de España contaría también con un moderno y ágil medio de transporte público que, bajo el suelo, permitiría el traslado de miles de pasajeros a los más diversos puntos de la ciudad.

Pero aquello todavía eran solo habladurías y certezas lanzadas al viento. Madrid pugnaba duro, día tras día, para convertirse en una boyante capital pero, ciertamente, aún le quedaba un importante camino que recorrer. Sus costuras de pueblo castellano eran todavía demasiado visibles. En no pocos puntos de su anatomía la vida era sinónimo de calma y tradición. Los tiempos modernos llegarían, pero aún la esencia más pura y costumbrista de Madrid aguardaba en cada plaza, en cada esquina.

Esta foto retrata de manera muy fiel cómo era aquel Madrid de inicios del Siglo XX. Creo que no habrá nadie que no haya sido capaz de reconocerse en el espacio, con esa escultura de Eloy Gonzalo, en eterna posición de avance, que nos ubica muy a las claras en plena Plaza de Cascorro. Corazón del Rastro y del Madrid más castizo.

Con sus golfillos, sus vendedoras callejeras y sus tabernas de madera, aquel Madrid, polvoriento y cansado, tenía ya el encanto de lo antiguo, de lo pretérito. Una escena inocente y casi robada que permite sumergir nuestros pensamientos  en aquella urbe, en aquel 1906. Un año en el que pasaron muchas cosas pero precisamente, hoy nosotros nos quedamos con este instante donde, aparentemente, no pasó nada. Y ésa es, seguramente, su mejor virtud. Un Madrid que ni posa ni atiende al reclamo del fotógrafo, simplemente fluye y se deja llevar. Así, todo es más natural, con más encanto. Con más alma.

Plaza de Cascorro, 1906

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