Sucede que uno, después de llevar casi siete años, buscando y rebuscando fotos antiguas de Madrid, al final (y no quiero pecar de engreído) termina malacostumbrando su vista y sus sentidos y, por mas que sepa leer la belleza de todos estos recuerdos, rara vez ya se sorprende. Es normal, son miles de fotos, muchas repetidas, casi siempre los mismos escenarios y similares encuadres… así que de vez en cuando aparece un mirlo blanco, una captura jamás vista o imaginada y os aseguro que, cuando esto sucede, me siento realmente afortunado.

Es lo que precisamente me sucedió con esta fabulosa fotografía. De hecho, os confesaré que me descolocó tanto que por unos segundos pensé que ni era Madrid. Pero me detuve en ella, entorné los ojos y pronto las piezas del puzzle fueron encajando dentro de mi cabeza. Algo cada vez me resultaba más familiar en ella, como aquel viejo compañero del colegio, al que llevas sin ver dos décadas y que de pronto, el destino, te ubica delante en la siempre incómoda cola del supermercado.

Después de unos segundos de reflexión, finalmente me ubiqué y reconocí aquel anónimo entorno como una de las calles hoy más transitadas de Madrid. Nos situamos en la Calle de Fuencarral, en la intersección que hace con la Corredera Alta de San Pablo. Un ensanchamiento leve de la acera, un respiro para el peatón que el Ayuntamiento de Madrid hace unos años quiso usar como homenaje póstumo al que fuese líder de Nacha Pop, Antonio Vega, dedicándole estos metros de asfalto, bajo el nombre de Plazuela de Antonio Vega. Plaza que precisamente tiene el honor de ser la más pequeña de Madrid.

Curiosamente, aún faltaban 7 años para que el bueno de Antonio naciese y convirtiera un bajo ubicado no muy lejos de allí en uno de los templos de La Movida, el archiconocido Penta. La Movida, el actual Malasaña, todo aquello fue transformando una zona que como vemos, en esta fotografía de Oronoz de 1950, tuvo un espíritu muy diferente. Un barrio con vida de barrio, con puestos de legumbres al peso, sederías o lanerías. Un bonito recuerdo, tan irreconocible como revelador. Por eso, cada vez que me encuentro un documento así, no puedo evitar un rayo de felicidad en mis adentros, igual de directo que los que entre toldos y fachadas. nos iluminan esta familiar y entrañable escena.

 

 

 

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