Si hay algo que afecta por igual a las personas y a las ciudades, ése es el paso del tiempo. Nada lo frena ni lo detiene. Y su efecto cuando echamos la vista atrás no entiende de grises, o es blanco o es negro.  O le sienta de manera fantástica o nos lamenta su paso. Hoy nos detenemos en un ejemplo de lo primero. Para ello, nos damos una vuelta por una de las rinconadas más turísticas de Madrid y nos daremos cuenta de lo bien que le ha sentado el caer de los años.

Nos encontramos  en el Pasadizo de San Ginés, recoveco con forma de codo que nace en la Calle Arenal y cuya existencia está dulce e íntimamente ligada a su vecina más famosa, la Chocolatería de San Ginés. Turistas llegados de cualquier parte del mundo hacen cola durante todo el año para degustar su afamado chocolate con churros. Un flujo constante que obligó a que este escenario se fuese acomodando a su nueva y animada vida.

Un aspecto que nada tiene que ver con el destartalado aspecto que mostraba este rincón en el año 1966 que es cuando fue tomada la fotografía. No hay ni rastro de personas ni de las actuales estufas ni que decir de esas acogedoras fachadas. Antes ofrecía un aspecto frío y destartalado, con paredes que reclamaban a gritos una nueva oportunidad. Un espacio hoy atiborrado de mesas y sillas que antes funcionaba como improvisado aparcamiento de motos, incluso de un sidecar.

Mucho ha cambiado en el último medio siglo de vida este pasadizo de Madrid, pero algo sigue igual. Ya entonces estaba ahí la chocolatería, como nos indica el sencillo letrero sobre la puerta y seguro que el aire se impregnaba a todas horas de ese apetecible aroma. El resto, ha cambiado por completo hasta tornarse casi irreconocible, pero por su suerte, su esencia siempre se mantendrá a salvo.

Pasadizo de San Ginés, 1966

 

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