Hay certezas que no cambian por más que alteres las atalayas desde cual las observes. Ocurre con el segundo tramo de la Gran Vía, ese que nos invita a fluir desde la ya casi legendaria Red de San Luis hasta los fogonazos de Callao. Con sus tiendas de varios pisos, con sus potenciales artistas callejeros, con sus tumultos en cada esquina, con su vida despeinada.

Hoy sin embargo cerramos los ojos de modo fuerte, repito muy fuerte. Tanto que al abrirlos esa explosión de colores a la que estamos habituados  se habrá transformado en una finísima escala de grises.  Sí amigos, estamos en el año 1924. Cuando este tramo se conocía como Avenida de Pi i Margall. Un viaje de casi un siglo evaporado en tan solo un par de segundos. Notaremos un gran vacío a nuestra derecha y es que, el Edificio Telefónica, el gran faro de esta artería, en aquellos días no era más que un solar en obras, con unas elevadas vallas que ya hacían adivinar el coloso que se venía encima.

No había aires acondicionados así que, el único remedio que tenían aquellos comercios para no fundirse entre horas era esos toldos de los cuales hoy no queda ni rastro.  Los edificios ya rezumaban esa misma elegancia de la que siguen haciendo gala mientras que, a ras de suelo, los viandantes parecían sentirse más dueños de una calle sin expectativas ni horizontes. Que terminaba en la actual Plaza de Callao y que se fue gestando metro a metro, golpe a golpe de piqueta.

En la acera de la izquierda, la sombra atraía a los peatones del mismo modo que el polen de las flores llama a las abejas. No obstante en el centro de la imagen llama la atención un nutrido pelotón de gente ¿Sería por las rebajas? No creo, posiblemente aguardasen para entrar a alguno de los cines o espectáculos de la incipiente Gran Vía, los que la encumbraron como el epicentro del ocio en Madrid. Hoy pocas de aquellas salas sobreviven, pero saborear sus aceras sigue siendo uno de los principales pasatiempos de la capital.

Gran Vía en 1924

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