Justo hace una semana quedé con unos amigos para tomar algo en la Plaza del Dos de Mayo, uno de los estandartes del Madrid actual. Como llegué el primero de todos, algo bastante inusual en mí, me tocó entregarme a uno de mis pasatiempos preferidos: la observación. Me estuve fijando en todos los detalles que pude de esta bulliciosa plaza la cual, ya sea en día festivo o lectivo, siempre luce un aspecto revuelto.

Gente paseando perros, conversaciones que van escalando decibelios en las terrazas al mismo ritmo que aumenta la cuenta de las cañas, jóvenes sentados en sus pseudo gradas de hormigón… Además, por si el paisaje no estuviese ya poco alborotado había un invitado especial, un rodaje audiovisual de una producción italiana que tomó como escenario uno de los cuantiosos bares de la plaza.

Por un momento, en mi imaginación, fui mentalmente borrando todos esos elementos externos que con el paso de los años se han ido adueñando de esta plaza, hasta hacerla el núcleo más duro y visible de Malasaña. Quise recuperar sus orígenes y esencia, tratar de verla en blanco y negro, de escuchar el silencio, de sentirla de nuevo vacía. Y casi sin querer construí la fotografía que os traigo en esta ocasión, del año 1890. Una Plaza del Dos de Mayo desierta, con más vegetación que personas, sin una sola pintada y con un aroma callado que difícilmente podemos percibir en estos días.

Mirándola, echamos de menos a Daóiz y Velarde, sus habitantes más famosos, pero ahí estaba ya, donde siempre estuvo, el Arco de Monteleón, reivindicando así el lado más histórico de este espacio público, el que el botellón y el alboroto fue tapando a base de juergas y latas de cerveza a un euro. En sus remotos orígenes, cuando el barrio no era conocido como Malasaña y sí como Maravillas o Universidad así era su vida, tranquila y sencilla. Una realidad totalmente opuesta a los clichés y modas que ahora le persiguen.

Plaza del Dos de Mayo, Madrid

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