Lo primero de todo, pediros disculpas por llevar tantos días sin publicar. No es que el cambio de año me haya vuelto más perezoso ni nada por el estilo. Simplemente que mi anterior plantilla de la web decidió tomarse unas minivacaciones sin previo aviso y he estado hasta ahora sin hacer lo que más me gusta: contaros secretos.

Para retomar la rutina secretera nos vamos a dejar engatusar por una imagen que tenía reservada hace tiempo. Una mirada que a más de uno le provocará esa extraña añoranza de lo que nunca has tenido pero, sin saberlo, has anhelado. Un recuerdo fascinante, una foto inédita, un secreto que Madrid debería tratar de recuperar y volver a hacerlo suyo.

En la escena presenciamos un momento de absoluta tranquilidad, como tantos otros que a día de hoy se viven en las plazas principales de los miles de pueblos y pequeñas localidades de nuestra geografía. Tres personas, seguramente desconocidas entre sí, compartiendo banco y descanso bajo un redentor árbol. Sin articular palabra ni cruzar miradas. El silencio se palpa con las manos. Por si alguno todavía no se ha ubicado el espacio donde estas tres vidas confluyen es la Plaza Mayor. Lugar históricamente ligado al jaleo, a los autos de fe, corridas de toros e incluso beatificaciones y que, en su evolución hasta el perfil actual, pasó por esta entrañable etapa.

La Plaza Mayor de mediados del siglo pasado, la foto data de 1941, era propicia para los encuentros amistosos, para suministrar sombra y tranquilidad a los viandantes e incluso para dar una cabezadita que otra, siempre que el tiempo lo permitiese. Pasaron los años y todo cambió; la fisionomía de la explanada, los colores y los decibelios. Los turistas fueron sustituyendo a los vecinos de la zona como principales habitantes de la plaza y las terrazas tomaron el control del suelo. Aquel sosegado Madrid se evaporó delante de nuestras narices sin darnos cuenta.

Plaza Mayor 1941, Madrid

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