Cada día que atravieso la Puerta del Sol o la Plaza Mayor me cruzo y esquivo a demasiados artistas callejeros que tratan de ganarse la vida, algunos con mucho más arte que otros. Reconozco que tengo varios localizados en los que me suelo detener y espero a ver cuál es la reacción de los peatones al verlos. Hay varios realmente buenos y meritorios, lo menos, mientras que la mayoría copian el número, los unos a los otros, generando un paisaje callejero repetitivo y vacío.

Imagino que con las mismas intenciones recaudatorias, pero creo que mucho más originales, eran algunos de los moradores de las calles de Madrid que les precedieron muchas décadas antes y que hicieron del corazón de la Villa su oficina y lugar de trabajo. Hace tiempo os hablé del vendedor de crecepelo en la Glorieta de Bilbao y hoy nos fijamos en este charlatán al que todo el mundo escucha con masiva atención.

Resguardado por los soportales de la Plaza Mayor y encaramado en algún tipo de cajón, este personaje lanzaba su mensaje a los cuatro vientos, copando las miradas de cuantos pasaban por la zona. Aquello era en el año 1905 y lamentablemente nunca alcanzaremos a saber qué decía o contaba para tener tan absorta a aquella heterogénea audiencia.

Reconocemos por sus capas y sombreros a un par de oficiales o autoridades de algún tipo, mozos y chavales ataviados con su clásica gorra y entre todos ellos una mirada que nos penetra y casi incomoda. Es ella, la única mujer que se distingue en la escena, la única persona que parece enterarse de las fisgonas intenciones del fotógrafo y que volteó la cabeza en el momento preciso. Un cándido gesto que le hizo olvidarse por unas milésimas de segundo de las palabras envueltas en perifollo de aquel orador misterioso. Antes, igual que en nuestros días, la atmósfera de Madrid ya estaba repleta de mensajes lanzados al vuelo y más necesitada de cruces de miradas entre las personas.

Charlatán en la Plaza Mayor, Madrid

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