Esta escena lo tiene todo. Alma, nostalgia, información, recuerdos…. Aquel Madrid humilde, a medio camino entre el pueblo y lo urbano, de sueños europeos, de herencias castellanas. Una ciudad que en sus días más grises no detenía sus motores, sus costumbres, sus obligadas labores. Hoy nos espera el año 1897 para recordar una ciudad que ya sólo existe, en postales y fotografías pero que no conviene olvidar. Nunca.

Ninguna de las personas que forman este cuadro se percató de la presencia del fotógrafo. La mayoría avanzaban de espaldas a la cámara así que lo tenían más que complicado. La única que podía haber recaído en la presencia de este observador atemporal fue ella, esa mujer casi momificada e inerte, envuelta en un mantón, con la mirada pérfida en su corto horizonte. Quienes han vivido en Madrid saben cómo se las gastan los vientos serranos en los días más duros. Todo un desafío complicado de superar para quien tuviese que pasar las jornadas a la fresca, de manera estática.

Esta vendedora de verduras y hortalizas aguarda un secretillo en el que es importante recalcar. Si os fijáis, los cestos de mimbre en los que almacenaba y vendía sus mercancías están al filo del precipicio de la acera. Con una parte de la base apoyada sobre el gris de Madrid y la otra, en el aire. ¿Por qué? Esto no es una casualidad, como bien nos indica Rosario Giménez en su blog sobre los Antiguos Cafés de Madrid esto se hacía con un objetivo. Si el cesto (o caja o puesto, según el caso) nos ocupaba por completo la acera madrileña, el vendedor quedaba exento de pagar el correspondiente impuesto al Ayuntamiento de Madrid. Una triquiñuela que muchos vendedores ambulantes conocían y aplicaban, como observamos en la fotografía.

Junto a ella, un mozo con las piernas excesivamente arqueadas, avanza siguiendo los pasos de un tipo uniformado. Seguramente un policía haciendo ronda, y controlando que todo el mundo cumplía con sus obligaciones, por aquel Madrid tan galdosiano y novelístico. Unos metros por delante, otro uniforme bien distinto, la sotana de un cura que cruzaba la calle quien sabe en qué dirección o con qué propósito.

Por cierto, a estas alturas del secreto, ¿Sabéis donde presenciamos este incoloro paisaje? Nos encontramos en La Latina, en la que fuera la Plaza de San Millán. Se ubicaba donde hoy nos encontramos la estación de Metro de La Latina, frente al teatro y junto a la Plaza de la Cebada. Quizás por eso no la habéis reconocido, quizás por eso es tan importante sacar a la luz estas joyas y orígenes de nuestra ciudad.  El Madrid que se nos fue es casi tan importante como el que paseamos.

Plaza de San Millán, Madrid. 1897

Compartir.

Sobre el Autor

Dejar una Respuesta