Ya sabéis de sobra lo mucho que me gusta mirar una y otra vez las fotografías antiguas que nos sirven para desempolvar los viejos recuerdos de Madrid. Por encima del resto, me despiertan un especial sentimiento de nostalgia aquellas que reflejan situaciones que se diluyeron para siempre de nuestro colectivo, del día a día que nos ha tocado vivir. Momentos que unos cuantos sólo podremos visualizar gracias a nuestra imaginación y, por supuesto, a imágenes antiguas como la que nos ocupa esta semana.

Ayer mismo, paseando por la Puerta del Sol y por la Plaza Mayor pude contemplar un inagotable desfile de “artistas” callejeros. Desde magos a mimos, pasando por una cantante de ópera o bailarines de breakdance. Todo ello sin contar los muchos vendedores ambulantes que despliegan sobre sus mantas todo tipo de mercancías convirtiendo Madrid en un zoco.

Ellos son nuestra fugaz compañía en el día a día, pocos escaparates mejores que las calles de la Villa y su infinito goteo de viandantes para hacer negocios. Las mismas por las que hace ya un buen tiempo dejaron de ser habituales los fotógrafos ambulantes, como el que protagoniza nuestra mirada antigua de hoy. Su original negocio atraía a muchos curiosos y clientes. No era para menos gracias a su inseparable compañera, una enorme máquina de fuelle que debía sujetar sobre un tosco trípode, te permitían llevarte a casa un recuerdo perenne “en un minuto”.

Soldados de permiso, niñeras, parejas de enamorados… eran algunos de los habituales clientes de estos fotógrafos, auténticos visionarios que se ubicaban en los principales puntos de paso de Madrid, como la Plaza Mayor, lo que les aseguraba un buen puñado de personas a retratar. En esta entrañable escena de los años 20 vemos al fotógrafo manipulando su máquina y ataviado con un guardapolvos mientras varias personas se arremolinan junto a él. Un poco más apartado un soguilla (otro de esos clásicos personajes que se extinguieron para siempre y de los que hablaré otro día) observa con cautela todo cuanto sucede ante sus ojos.

Sin que aparezcan grandes monumentos o edificios en esta fotografía, me parece preciosa por lo mucho que nos susurra al oído. Un momento irrepetible y sin cabida en los tiempos en los que todo el mundo lleva, como mínimo, una cámara en su bolsillo y que difícilmente se puede ver por las calles, no sólo de Madrid, sino de cualquier ciudad.

Fotógrafo ambulante en la Plaza Mayor, Madridgua

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1 comentario

  1. Hola,
    la puerta blanca hubo un practicante hasta los años 80.
    La otra es la juguetería del lado que une Ciudad rodrigo con el arco de cuchilleros.

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