Cuando leemos las palabras ‘Cantos Gregorianos’, todos nos imaginamos en el interior de una enorme catedral de piedra gris, iluminada de forma tenue con los rayos del sol que, en el ocaso del día, atraviesan las vidrieras de colores. Un silencio sepulcral y frío, solo interrumpido por las melódicas voces de unos monjes encapuchados que, desde los primeros bancos de la nave central, hacen retumbar hipnóticas notas que se distribuyen gracias a la magnífica acústica del templo. Vale, he dicho que eso es lo que todos imaginamos pero ¿Sabías que en el bullicioso centro de Madrid también se pueden escuchar, a día de hoy, cantos gregorianos?

Para ello, nos desplazamos a la Calle de San Bernardo, allí aguarda este secreto tan curioso. Precisamente a la altura del número 79. Quien se conozca la zona sabrá que nuestros pasos están encaminados a la Iglesia de Santa María la Real de Montserrat, más conocida como la Iglesia de Montserrat. Por lo poco que he podido adentrarme en su pasado os aviso que su historia es de lo más sorprendente. Sus obras se prolongaron durante casi 80 años, en ella intervinieron tres arquitectos diferentes y para colmo, como os relataré otro día, sigue sin estar terminada. Ah! Y durante unos años el convento anexo fue utilizado como salón de baile e incluso cárcel de mujeres, pero esos empleos temporales no es lo que nos interesa en esta ocasión.

Tras muchas idas y venidas a inicios del Siglo XX el templo se devolvió a los monjes benedictinos y en ella, en 1923, se instaló un priorato dependiente de Santo Domingo de Silos. Es por culpa de este vinculo por el cual, cada domingo, a las 12:00 horas del mediodía, los monjes de la congregación ofrecen un recital de cantos gregorianos. Así, como lo oís, a pocos metros del caos de la Gran Vía, de los latidos de Plaza de España y de todos los impulsos que sacuden esta ciudad, semanalmente, se puede vivir una experiencia de lo más monacal y calmada. Una verdadera antítesis de muchos de los clichés que acompañan a Madrid.

Iglesia de Montserrat, Madrid

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