Resulta la estampa más repetida de Madrid y lo es por mérito propio. Una mirada que le abre al espectador el punto de encuentro de los dos principales torrentes de la urbe. La Calle de Alcalá y la gran Vía se funden bajo la imperial vigilancia del Edificio Metrópolis. Un ejercicio de funambulismo que bajo la luz de la luna se ofrece altamente cautivador.

Solamente cuando uno deambula por la ciudad con la complicidad de la luna se puede permitir ciertas licencias con la Villa. Un momento íntimo sin excesivos transeúntes ni vehículos que enturbien la cita. Así, añorando un silencio que nunca termina de cristalizar, la ciudad muda de máscara y saca a relucir su alma, su lado más oculto.

Ése que te permite sentirte pequeño bajo los edificios más suntuosos y representativos de Madrid. Ése que te deja observar la arquitectura sin estridencias. El mismo que, a su vez, le permite a la metrópoli tomarse un breve respiro antes de que el sol regrese para imponer su ley.

Ésta preciosa fotografía de Juan Ramón Galán nos transmite todas esas sensaciones. Un Madrid que parece coger el sueño cuando sus calles se desnudan, una ciudad que aprovecha que el cielo se apaga para reponer fuerzas pero no os dejéis engañar fácilmente, ya lo dicen los más enterados, Madrid nunca duerme.

Alcalá y Gran Vía de noche, Madrid

 

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