Llega el viernes, sinónimo del fin de semana y del tiempo libre, así que aprovechando que muchos tendréis las próximas 48 horas para vuestro uso y disfrute y para invertirlas en un plan interesante, os propongo acudir al último gran descubrimiento culinario que he podido hacer en Madrid. Suelo decir que los mejores ‘secretos’ son los que me abordan por sorpresa, ya sea una fachada nunca antes vista que aguarda tras una esquina o el terminar en un restaurante sin haberlo planificado. Precisamente, de esta forma caí noqueado y seducido a los encantos de la Gastro-croquetería de Chema.

Hace un par de domingos, tras una intensa jornada por El Rastro llegó el momento de abordar el tema de la comida. Montados ya en el Metro de retorno a Chamberí, sin un destino fijo, comencé a investigar con el móvil y surgió el nombre de este coqueto restaurante. Mi estomago, de forma inconsciente, sugirió un nuevo cambio de planes. Nuestro nuevo destino se encontraba precisamente en la misma parada que estábamos (¿casualidad?) así que bajamos del vagón raudos, dispuestos a introducirnos en el maravilloso mundo de las croquetas gourmet.

Dimos un pequeño paseo por el Madrid más histórico y localizamos el restaurante, muy discreto desde el exterior, casi escondido, sin estridencias. En cuanto asomamos por la puerta del local ubicado en la Calle Segovia 17, ya pudimos adivinar como iba a transcurrir el resto de la comida. Un sitio que no llama la atención pero que esconde un encanto particular, pequeño y familiar, coqueto y cuidado al detalle. No conté más de siete mesas, el trato es tan personal que María, la chica de la sala, te aconseja como abordar cada plato de la mejor forma posible.

Como podéis imaginar la base de la Gastro-croqueteria de Chema son las croquetas, esos pequeños seres rebozados que regalan buenas dosis de felicidad allá por donde pasan. Pero Chema Soler ha dado un giro radical al concepto de este frito que todos tenemos en la mente ofreciendo unos platos sorprendentes, genialmente presentados y lo que importa, muy muy buenos. Una carta innovadora que desafía a cualquiera que le eche un vistazo.

Las croquetas vienen en pareja, y nosotros pedimos las de cocido sobre hummus y crujiente de zanahoria, las de setas sobre tomate caramelizado y parmesano y las líquidas de queso. Éstas últimas, soberbias. Pero no todo van a ser croquetas, en el menú también podemos encontrar ‘macetas’ (ensaladas), tapas y cazuelitas. Como el paseo por El Rastro había dejado nuestras reservas de energías temblando, tuvimos que dar buena cuenta de una Fondue de queso al curry con croquetitas de pollo (ESPECTACULAR) y una ración del arroz del día, en concreto el de esa jornada llevaba panceta ibérica, langostinos y calabaza, excelente. ¿Tentador,eh?

Para terminar con un buen sabor de boca, de postre optamos por probar la croqueta de galleta Oreo con nata y la de chocolate con leche. Lo cierto es que hay restaurantes que te brindan una experiencia portentosa cuando los tres elementos clave, comida – local – servicio fluyen en armonía, éste es uno de ellos. El hecho de que cada vez que Maria acude a la mesa estés ansioso de saber cómo será el siguiente plato y en que consistirá realmente, hace que la comida sea una sucesión de sorpresas. Un juego de niños en un ambiente informal. El trato cercano y amable hace el resto. Quizás ése sea el ingrediente secreto de las recetas de este local tan cautivador, poner todo su empeño y cariño en cada uno de tus platos. Así, el éxito está asegurado.

PD: Tenía fotos de cada uno de los platos que probamos pero creo que uno de los encantos de este lugar es descubrir in situ sus presentaciones y formas, por eso, dejaré que seáis vosotros mismos los que os llevéis la sorpresa. 😉

-Precio medio: unos 25 euros por persona

-Al ser tan pequeñito es casi obligatorio reservar (Tlfno: 913 642263)

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