El héroe nacional que vigila el rastro

Hace tiempo un amigo estuvo en Madrid, cuando le vi no tardamos mucho en intercambiar opiniones sobre la ciudad. Me contó, con emoción, los sitios que había visitado. De todos los que dejó atrás en su recorrido lo que más disfrutó fue su paseo por el rastro. Allí compró, regateó y curioseó como llevan haciendo tantos otros desde 1740. De este diálogo nacieron dos obligaciones. La primera, la de volver al rastro tan pronto como pueda, para refrescar sensaciones ya caducadas y la segunda, recuperar una historia que descubrí hace tiempo relacionada con este emblemático lugar.

Como ya sabéis yo no soy de Madrid por lo que al llegar a esta ciudad los nombres de calles, lugares y personajes bailaban en mi cabeza sin demasiado sentido. Una de las primeras calles que pude ubicar en mi mapa mental fue la de Eloy Gonzalo, muy próxima a mi primera casa. También, una de las primeras ‘obligaciones’ que cumplí fue la de ir al Rastro, empezando mi ruta por la Plaza de Cascorro. Al poco descubrí que Eloy Gonzalo y la Plaza de Cascorro tenían mucho en común, demasiado. Eran casi la misma persona, como Clar Kent y Superman. De hecho, en el centro de la plaza vemos una escultura de un soldado con un fúsil y algún complemento más. Se trata precisamente de Eloy Gonzalo pero, ¿qué méritos hizo este hombre para tener una escultura y una calle en el centro de Madrid?

Eloy Gonzalo nació en Madrid, el 1 de diciembre de 1868 y tuvo una vida difícil y complicada. Una existencia marcada por los reveses y las desgracias que forjaron su carácter valiente y único. Abandonado por su madre biológica en la Inclusa de Madrid un día de San Eloy, fue por tal motivo que recibió ese nombre. Adoptado por una familia de Ávila, pronto volvió a quedarse sólo, por la muerte prematura de su padres. Finalmente de nuevo es adoptado hasta los 21 años, cuando ingresa en el ejército.

En 1896, como miembro del Regimiento de Infantería de María Cristina es destinado a Cuba. Allí, la situación para las tropas españolas se complica hasta que se hace insostenible. 170 combatientes españoles, rodeados y arrinconados, frenan como pueden las acometidas de 3.000 insurrectos cubanos en la localidad de Cascorro. La guarnición española estaba siendo duramente castigada y la única vía para cambiar el signo de la contienda era explotar un fortín de madera desde el cual les causaban graves daños. Es en aquel momento en el que el mito y la leyenda de Eloy Gonzalo comienzan a forjarse.

El soldado se ofreció voluntario a llevar a cabo esa misión suicida. Sin una familia que le echase de menos aceptó ser él quien volase por los aires el núcleo de resistencia. “Soy inclusero y no dejo a nadie que me llore”, comentó al aceptar el reto. Para ello, sólo puso una condición, adentrarse en la línea enemiga atado con una soga para que, en caso de morir, su cuerpo pudiera ser rescatado y enterrado en España.

Tal y como podemos ver en la escultura erigida en su honor, marchando con paso firme, con un fúsil, una lata de petróleo y la cuerda, Eloy Gonzalo llevó a cabo su misión con un rotundo éxito y esquivando a la muerte, lo que le convirtió en un héroe nacional. Fue condecorado con la Cruz de Plata al Mérito Militar y a recibir una pensión de 7 pesetas mensuales. En 1897 se le otorgó su nombre a una importante calle, en el barrio de Chamberí y años más tarde, en 1902, el Rey Alfonso XIII inauguraba la escultura en su honor. En cuanto a nuestro protagonista de hoy, una malaria terminó con su vida en 1897 y tras el desastre del 98 su cuerpo fue repatriado y desde entonces, descansa en el cementerio de la Almudena.

Sin embargo, su recuerdo permanece intacto en el colectivo madrileño, sobre todo, cada domingo, cuando cientos de personas se dan cita en la Plaza de Cascorro y observan la escultura de este valeroso soldado con esa cuerda que nunca hizo falta usar.

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