A estas alturas creo que a nadie le sorprende saber ya que en la Plaza Mayor de Madrid se llevaron muchas ejecuciones. Sí, ese mismo recinto familiar y amable en el que hoy los turistas beben sangría y ven a un superhéroe fuera de forma hacerse fotos con los viandantes, fue lo último que vieron, siglos atrás, unos cuantos ajusticiados.

Horca, degollamiento o garrote vil fueron los tres tipos de ejecuciones practicadas y hay que aclarar que aquí nadie resultó quemado, más que la propia plaza (y además en tres ocasiones, pero eso lo veremos en otro secreto).  No obstante, de todos los que lanzaron en este centenario lugar su último suspiro hay que destacar, quizás por su cruel castigo, el caso de un espía cuyo nombre no ha llegado a nuestros días.

El caso se remonta al año 1641. El hombre en cuestión fue acusado de falsificar las firmas de hasta 300 documentos con el fin de enriquecerse, engañando a personalidades notables. Ante tal picardía y estafa, el tribunal optó por darle un castigo ejemplar. Sería despedazado ante los ojos de todos los curiosos asistentes mediante cuatro potros. Una muerte que sólo de imaginarla, por dolorosa y retorcida, nos provoca ciertos escalofríos…

Ejecucion Plaza Mayor de Madrid

No obstante, el condenado tuvo una fortuna salvadora con la que nadie contaba y es que el rey Felipe IV no quería que la Plaza Mayor de Madrid se convirtiese en algo así como un Circo Romano en  versión castiza. Por ello conmutó, a última hora, el descuartizamiento por el de la muerte en la horca. Aún así, una vez colgado y ejecutado, el tribunal también quiso salirse con la suya y el cuerpo, ya inerte del espía, fue cortado en cuatro pedazos, tal y como leía la sentencia original. De este modo todos quedaron contentos, menos el ejecutado, obvio. Ah! Y los trozos del cadáver fueron unos días exhibidos al público para que a nadie le entrasen en el futuro tentaciones de falsificar más firmas.

Podréis leer un montón de historias como ésta en el libro de Ángel del Río, Plaza Mayor de Madrid.

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