En ese Madrid clásico que tanto nos eclipsa y enamora de imágenes en tonos sepia, por cuyas calles se dejaban ver personas engalanadas, se dio una llamativa circunstancia de la que hoy me quiero hacer eco. Estamos hablando del ecuador del siglo pasado, años cuarenta y cincuenta. Una ciudad en la que cada día, de lunes a viernes, se producía un reseñable hecho. Una acera muy concreta de la hoy Gran Vía se plagaba de hombres solteros, vistiendo sus mejores atuendos, perfumados y perfectamente acicalados con un claro objetivo, dar un portazo y terminar con su soltería pero ¿Por qué acudían aquí con lo grande que ya era entonces Madrid?

Sencillo, la enorme respuesta no está esperando en el número 28 de la Gran Vía. Ahí es difícil no ver al Edificio Telefónica, la solución al secreto de hoy. Resulta que tanto el Metro de Madrid como la Telefónica fueron las primeras grandes empresas que apostaron por la inserción laboral de la mujer y de incluirlas en sus plantillas. Lo llamativo es que ambas empresas exigían un requisito a estas posibles trabajadoras a la hora de su incorporación: que fuesen solteras.

En el caso de Telefónica, se alegaba que las mujeres solteras tenían un tono de voz más idóneo para el puesto ofertado (telefonistas) que las ya casadas.  De ahí que cada día, al terminar la jornada laboral, la puerta de acceso del Edificio Telefónica se plagaba de grupos de jóvenes mujeres (y solteras) que emprendían el retorno a sus respectivos hogares. Un hecho del cual los madrileños estaban muy al tanto así que, puntuales a sus no-citas, estos acudían a la salida de todas ellas con la intención de conquistar a alguna chica. Seguro que más de una de las parejas de Madrid se conocieron y emprendieron su historia de amor en esta acera de la Gran Vía.

Mujer caminando por la Gran Vía, 1955

Fotografía de Catalá Roca. Madrid, 1955.

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