Fue durante mucho tiempo el rincón que más temor despertaba entre los madrileños. Un aura tétrica que no le sirvió al Callejón del Perro para librarse de la piqueta y de la desaparición, cuando se ejecutaron las obras de la Gran Vía. En este secreto la recordamos, tal y cómo se merece.

El Callejón del Perro pasó a la historia de Madrid por dos motivos, el primero mucho más visible y evidente. El segundo, una leyenda negra que hizo que, sobre todos los más pequeños, se lo pensasen dos veces antes de transitarla. Esta finísima calle se ubicaba entre las actuales Tudescos y Libreros y fue una de las cerca de la veintena calles que fueron sacrificadas para que el proyecto de la Gran Vía se hiciese realidad. Digo finísima porque aquí donde leéis, estamos hablando de la que fue la vía más estrecha de Madrid, con sólo 2,3 metros de anchura. Un mérito que hoy recae en la C/ del Codo.

Dicho esto es el momento de sacar a la luz la negra leyenda que siempre le persiguió. Según la tradición oral, en este lugar se emplazó el corral de un tal Enrique Villena. Hombre que según algunos, practicaba ciertas artes oscuras y en cuyo corralón guardaba diferentes instrumentos de ciencia y física así como varios libros prohibidos. La mejor manera que se le ocurrió de proteger todas sus pertenencias de las miradas curiosas fue colocar un enorme mastín de color negro y aspecto temible en la puerta. Una presencia que sin duda sería capaz de ahuyentar a posibles mirones.

Pronto se extendió por la Villa que el can, no sólo era peligroso por sus fauces y ataques si no que además, era especialista en echar el mal de ojo a quien lo considerase oportuno. Vamos, una joyita de animal que le hizo merecedor de un terrorífico renombre entre los madrileños. Fuesen ciertas o no sus supuestas propiedades, lo que sí parece más real es que su muerte se debió a un certero flechazo que le propinó un ballestero al que, por lo visto, había atacado previamente. Estaba clara que la leyenda de un perro maldito como éste no podía acabar de un modo poco truculento. Es más, al tiempo de su fallecimiento, algunos afirmaron ver su espectro, merodeando la zona y asustando a los viandantes.

Fue precisamente la vida y presencia de este can la que hizo que la callejuela se ganara a pulso el nombre de Callejón del Perro. Una secreto de Madrid que ya no podemos disfrutar, puesto que como os indicaba, desapareció hace mucho, pero que por fortuna quedó inmortalizado en esta fotografía antigua.

Callejón del Perro, Madrid

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