Toca recuperar una de los tantos relatos curiosos que revolotean por el pasado de Madrid para desvelar un secreto protagonizado, nada más y nada menos, que por un espantapájaros. Para conocerlo nos dirigiremos hacia la hoy Plaza de Tirso de Molina, junto a ella nace la Calle de la Colegiata, es a ella a la que buscamos. Ya sabéis que Madrid siempre se ha caracterizado por la continua rotación de nombres que han vivido sus calles y ésta no se ha conseguido librar de esta sana y ‘gata’ costumbre.

Desde la citada plaza hasta la pequeña explanada de Segovia Nueva se prolonga esta vía que en el pasado recibió las denominaciones de Béjar, Padilla, San Isidro o Merced. Una interesante colección a la que tendremos que añadir su nomenclatura original, la que mantuvo hasta el Siglo XIX, la de la Calle del Burro, un nombre simpático que como tantos otros tiene una explicación que creo interesante compartir con vosotros.

La denominación se debe a que en esta zona estuvo antaño un solar que Francisco Ramírez ‘El Artillero’, a petición de su esposa Beatriz Galindo ‘La Latina’ cedió para levantar el Convento de la Concepción Jerónima. A espaldas de éste hubo un enorme corralón en el que permanecían encerradas y pernoctaban las llamadas burras de leche, animales que cada mañana, a primerísima hora, desfilaban por las calles de la ciudad suministrando a aquellos que lo solicitasen este líquido de grandes propiedades y que les era ordeñaba al momento.

Pero las burras no eran las únicas habitantes de este alborotado espacio ya también se utilizaba como almacén de madera y como silo de estiércol y es aquí donde se origina el secreto que hoy nos ocupa. Alrededor de este espacio revoloteaban de manera constante numerosos gorriones en busca de grano con el que alimentarse y material para construir sus nidos. Una  incómoda e intrusiva presencia a la que se trató de poner freno con un singular remedio, un espantapájaros en forma de burro. El propietario del corral rellenó de paja la piel de un pollino y lo colocó en el centro del espacio para que éste amedrentase a las amenazadoras aves.

Toca decir que el “animal” sí cumplió con su cometido las primeras fechas pero los gorriones no tardaron en perderle el miedo y al poco ya estaban campando de nuevo por sus anchas, o más bien volando, por el corral. A quien por lo visto les impresionó más la presencia de este original burro fue a los vecinos que a partir de aquel momento bautizaron a la calle con el nombre de Calle del Burro. Una bonita denominación que hoy rescatamos a través de este secreto.

Burra de la leche

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